martes, 16 de abril de 2013

Día 9

"Estamos en este mundo para convivir en armonía. Quienes lo saben no luchan entre sí." (Buda) 

El trabajo es tan duro como satisfactorio. Normalmente, tanto para el desayuno como para el resto de comidas, sirven arroz blanco y, a continuación, la posibilidad de un curry picante (que yo siempre rechazo por el bien de mi estómago sensible). No obstante, hoy han hecho una excepción, y el arroz venía ya condimentado y muy -MUY- picante. Apenas he podido probar bocado, ni en el desayuno ni en la comida, así que tengo mucha, mucha hambre. Trabajar a pleno sol se hace duro, pero lo llevamos con bastante alegría porque aprovechamos para cantar o inventarnos juegos mientras nos lanzamos las piedras los unos a los otros.
Poco a poco vamos viendo que los agujeros en la tierra van transformándose en cimientos de una escuela, y esa es una sensación que puede con el hambre, la sed y el cansancio. Aun así, he de decir que en cuanto dan por finalizada nuestra jornada laboral siento un enorme alivio. Especialmente hoy El hambre que siento es insoportable, pero la salsa picante me pone enferma. Busco por todos los medios alimentarme de frutos que encontramos por ahí, pero también lo hago con ciertas reservas.
Me recomendaron que comiese una especie de moras de un color amarillo fosforito; sí, el ejemplo típico de algo que por motu propio jamás me llevaría a la boca. Sin embargo, tienen razón, ¡está bueno! Parece un caramelo de pica-pica. Y de eso me alimento. A veces, también, cae un coco de una palmera, y todos nos abalanzamos para romperlo con piedras y compartirlo.
Sí, como veis en esta foto, después tocaba hacer la colada. A la antigua usanza, claro. Frotar y frotar contra una piedra. No se quedan limpias, pero por lo menos logramos eliminar el barro y el olor a sudor.
Hago referencia a esta foto porque este fue el momento en el que irrumpió la coordinadora del campo de trabajo para decirnos que los obreros (los que trabajaban con nosotros todas las mañanas, y a los que ayudábamos) se habían quejado de nuestra vestimenta. En concreto, habían advertido que mi camiseta en ocasiones se deslizaba lo suficiente como para que se viera un tirante de mi sujetador.
No tuve palabras para contestar a eso. Todos parecían bastante molestos y tuve que callar.
Pero sólo traía tres camisetas.
Esta anécdota me ha provocado un mal humor que me ha durado todo el día. A punto he estado de empezar a marcar los días que me faltan para volver en la pared.
Por suerte, esta noche he vivido el momento más emotivo de todo el viaje. Estaba tumbada en la cama, sumergida en mi mosquitera e intentando olvidarme de todo mientras hacía tiempo para la cena. Indhira estaba sentada en la suya ordenando su ropa. Ha estado un poco distante desde que hablamos del matrimonio, pero ahora en cambio me miraba fijamente como si quisiera preguntarme algo y no se atreviese. -¿Qué tal? - digo para echarle un cable. Después de estos días, si algo he aprendido es que las indias son unas mujeres extraordinariamente tímidas y reservadas.
-Bien -responde, acompañándolo con el ya típico "indian bubble" (sí, ese movimiento de cabeza que explicaba al principio del blog)-.
Oye, Jara...
-Dime.
-Cuando un chico os deja, ¿no os rompe el corazón? ¿os da igual?
La pregunta me pilla desprevenida. Casi me arranca una carcajada, pero veo que ella me lo pregunta muy seria. Me incorporo en mi cama y aparto la mosquitera de mi cara para mirarla fijamente.
-Pues claro que nos rompe el corazón. A mí me ha pasado.
-¿En serio? -sus ojos se abren de par en par y mira al suelo confusa-. ¿Y cómo conseguiste superarlo y encontrar a alguien nuevo?
-El tiempo pasa. Olvidas. Es horrible, por supuesto, y tardas mucho en olvidar y superarlo. A veces no olvidas del todo. Pero entonces un día encuentras a una persona y, sin que tú quieras, vuelves a enamorarte, a ilusionarte... aunque cuando te dejen creas que eso no va a pasar nunca.
Mi respuesta la deja en silencio, y sigue mirando el suelo unos instantes, como si ordenase todos los pensamientos en su cabeza. Tras un largo rato, me mira.
-¿Sabes? Tengo que admitir que pensaba que los occidentales no teníais sentimientos. Tenéis tantos novios que... no sé. Creía que ibais probando de uno a otro porque os cansabais. Que todo os daba igual -hace una pausa, y sonríe-. Ahora que te conozco, sé que sí tenéis sentimientos. Somos más parecidas de lo que pensaba.
Ahora es mi turno para sonreír.
Indhira saca entonces uno de sus saris y me lo tiende.
-¡Pruébate esto! -exclama, y sale de la habitación para llamar a Sirisha y Shooti, dos amigas más.
En cuestión de minutos, todas vienen emocionadas a mi habitación trayendo telas y joyas.
-¿Me voy a poner un sari? -pregunto, alucinando. Era una de las cosas que llevaba queriendo hacer desde el primer día y que nunca me habría atrevido a pedir.



Pronto tengo a Sirisha y a Shooti rodeándome y vistiéndome.
El sari es una tela tremendamente complicada. Primero llevo unos calzones, a los que enganchan un trozo de tela y empiezan a envolverme como si fuera un rollito. Después, el exceso lo suben arriba cubriendo parcialmente la camiseta. Dependiendo de la región de la India, se recoge de una u otra manera, y en el norte (Rajastán) incluso se utiliza para cubrir el pelo de las mujeres.
Mientras tanto, también visten a dos de mis compañeras. Por lo visto, ellas llevan Sari de mujer, y yo (que "parezco más joven", según me han dicho) llevo uno de casadera. Es decir, que el traje que llevo, es un traje que usualmente se ponen para hacerse la foto que después se difundirá entre familia y amigos para encontrar a un esposo. (El equivalente a nuestra foto principal de Facebook, pienso yo, con cierta ironía).
La cuestión es que les emociona vestirme así. Dianne ayuda a hacerme la trenza, y después las indias me colocan flores en ella. Tampoco faltan unos pendientes enormes, un colgante y el inevitable punto rojo entre las cejas.

 

Shooti me mira desde lejos, sonríe pero de pronto se alarma y empieza a buscar entre sus objetos con impaciencia. En cuanto da con el ungüento negro con el que cada mañana se pinta los ojos, corre hacia mí y coloca un dedo manchado de negro en mi costado desnudo. El resultado es un punto negro.
-En India creemos que estar demasiado guapa atrae la mala suerte -me explica-. Si ponemos una imperfección, no pasa nada.
Me río. Es un buen piropo, me convence. Por supuesto, una vez vestidas no podemos evitar la posterior sesión de fotos.


-¡No sonrías con la boca abierta! No saques los hombros atrás. Finge timidez, no mires directamente a cámara... -tantos y tantos consejos para parecer una auténtica india casadera.
Sin embargo, por sus caras, descubro que sigo pareciendo una occidental demasiado atrevida como para encontrar marido.
La sesión es divertida y estoy emocionada con las fotografías. Me ha encantado sentirme dentro de sus saris, comprobar en primera persona la opresión del vestido y descubrir que sí, que es un traje enormemente femenino y sensual. Pero que también es la cosa más incómoda que una puede ponerse encima de la piel.
Tras devolverles los trajes y cenar, el tiempo junto a mi diario me permite reflexionar sobre todo lo ocurrido hoy. La conversación con Indhira no para de acudir a mi cabeza. Sus preguntas, sus reflexiones, me han pillado totalmente desprevenida. Estamos tan habituados a debatir nuestros prejuicios hacia ellos (de hablar de venir sin prejuicios, romper prejuicios), que no nos damos cuenta de que ellos también rompen los suyos cuando nos invitan a sus casas. Que también ellos tienen que darnos un voto de confianza.
Imagino que la frivolidad occidental cae por su propio peso cuando Isa, Fanny y yo empezamos a hablarles de amores pasados y presentes, compartiendo una bolsa de guisantes picantes después de la cena, viendo atardecer mientras contemplamos las fotos en la cámara:
-Soy tan blanca... -me quejo.
-Soy tan negra... -se queja Sirisha.
"El mundo está loco", consentimos, satisfechas

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